CREPÚSCULO VS HARRY POTTER
 
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 *~*~*LUZ DE LUNA*~*~* (HOT/VIOLENCIA/AMOR/PASIÓN/ACCIÓN...)

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bosque_prohibido



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MensajeTema: *~*~*LUZ DE LUNA*~*~* (HOT/VIOLENCIA/AMOR/PASIÓN/ACCIÓN...)   Sáb Ene 10, 2009 1:46 am

¿Puede el amor romper barreras creadas durante milenios? ¿Qué ocurriría si una humana se enamorase de un ser que no debería existir en su propio mundo? ¿Y si ese mismo ser se enamorase de una joven que originase su destrucción? ¿Podría un amor imposible alzarse por encima de los prejuícios afiancados en una sociedad jamás conocida por los hombres?

CAPÍTULO 1: UN ENCUENTRO FORTUITO AL BORDE DE LA MUERTE


A mis diecinueve años descubrí que no era verdaderamente feliz. Tenía todo aquello que se suponía debía poseer para alcanzar la felicidad pero, ni aun así, lo era. Disponía de buenos amigos, una familia que me quería y una vida económicamente aceptable, pero nada de ello lograba apaciguar la ansiedad que sentía a medida que pasaban los segundos que se llevaban lentamente mi vida. Los días pasaban rápidamente ante mis ojos y eso era lo que más me aterraba. Rememoraba una vez más en mi mente a todas aquellas personas que a lo largo de la historia habían ejecutado grandes actos. Personas a las cuales se les recordaba por sus acciones temerarias y por las atrayentes aventuras que habían concebido y, como siempre, volvía a perderme entre mis pensamientos hundiéndome, una vez más, en la más absoluta de las miserias.

Escuchaba a lo lejos aquel molesto murmullo mientras observaba con afligidez cada una de las ilustraciones que cubrían las páginas de mi libro de Historia de España. Suspiré una vez más recostando la cabeza en la palma de mi mano mientras releía la misma oración que desde hacía varios minutos había captado mi total atención: <<los desaciertos del regente, y de forma especial su poca acertada actuación en la insurrección de Barcelona, originaron su caída en 1843 y la proclamación anticipada de la mayoría de edad de Isabel cuando acababa de cumplir trece años...acababa de cumplir trece años...trece años...>>

-Trece años…-repetí en un susurro mientras originaba nuevamente un suspiro que captó la atención de la profesora, que cesó durante unos segundos su agotador sermón sobre las estrategias de los carlistas y fijó sus diestros ojos claros en mí a la vez que fruncía los labios de una manera realmente petulante.

-¿Tanto te aburro Lidia?-me preguntó con un deje de enfado en su aparentemente cordial voz.

Lentamente, alcé los ojos para dirigirlos a aquella rechoncha mujer de cabello rojizo y ojos azules que me observaban con irritación.

-No-murmuré con desaliento volviendo a centrar toda mi atención en mi libro a la vez que la profesora volvía a retomar su insoportable charla.

No soportaba a aquella mujer y estaba totalmente segura de que el sentimiento era mutuo. Pude observar por el rabillo del ojo a mi compañero, el cual permanecía con los párpados entreabiertos luchando, inútilmente, por mantenerlos abiertos ante el temor de una reprimenda por parte de la maestra. Sonreí interiormente volviendo a posar mi melindrosa mirada en el pálido rostro de aquella desagradable mujer, la cual no dejaba que sus finos labios permaneciesen cerrados ni un simple segundo. Contemplé con horror aquellos largos pelos bermejos que recubrían su papada para, seguidamente, recorrer mi vista por su corta melena engrasada, su corto cuello envuelto por su pañuelo preferido, el cual llevaba los trescientos sesenta y cinco días del año sin excepción; observé su blanquecino rostro, sus pequeños ojos azulados, sus finos labios blanquecinos, su achatada nariz y, por último, sus rechonchos brazos cubiertos por un suéter demasiado anticuado para una mujer de su edad. Siempre iba ataviada con una falda que le llegaba hasta la altura de sus gruesas rodillas y que se aferraba a su inexistente cintura, un jersey cubierto por bolas que se amontonaban unas encima de otras, unos zapatos planos color crema y, como único ornamento, aquel desgastado pañuelo verde que envolvía su grueso pescuezo. Siempre con la misma vestimenta.

Desvié mi vista de aquella atroz figura y volví a depositarla en mi cuaderno a la espera de que sonase aquel maravilloso timbre que podría liberarme de aquella tediosa tortura.

-¿Te duermes?-murmuré por lo bajo a mi compañero sin que nadie se percatase de mi sutil susurro a excepción de él.

-¿Tu qué crees?-me respondió a modo de pregunta mientras esbozaba una leve sonrisa en su rostro.

Reí por lo bajo y me mordí el labio intentando que nadie se percatase del sonido que profería mi leve risotada, cosa que por suerte logré.

Al cabo de unos pocos segundos, la angustia volvió a adueñarse de cada recodo de mi mente y borré la sonrisa que durante pocos instantes había permanecido dibujada en mi tez. Desvié mi amarga mirada hacia la ventana y contemplé sin mucho entusiasmo el nublado cielo. Me encantaban los días fríos y nublados pero, en ese momento, ni siquiera el tiempo era capaz de apaciguar mi pena. Sin darme a penas cuenta, dirigí mis ojos hacia aquel muchacho que durante tantos años había robado cada uno de mis suspiros y cada una de mis lágrimas; un chico al cual no le importaba y el cual no sentía nada por mí, nada que yo quisiera que él sintiese.

Su cabello moreno y sus ojos oscuros me habían robado años atrás el corazón; pero ahora aquel amor se había desvanecido dejando tan sólo soledad y arrepentimiento en su lugar. Me sentía débil e insignificante a su lado, pues él era el típico chico por el que todas las niñas faltas de madurez y cordura suspiraban y, por desgracia, en un pasado no muy lejano, yo había formado parte de ese amplio grupo.

El timbre me sobresaltó consiguiendo que desechase con rapidez aquellos desgarradores recuerdos de mi mente y apartase la vista de aquel chico mientras cerraba el grueso volumen que decoraba la mesa en la que me hallaba ubicada.

-Por fin…-mustié cogiendo mi mochila y situando cada objeto que se atinaba esparcido por la mesa en el interior de ésta.

-Cada vez ésta clase se alarga más-comentó Luis, mi actual compañero de pupitre.

-Y que lo digas-atestigüé esbozando una trivial sonrisa en mi tez a la vez que cerraba la cremallera de mi colorida mochila.

-¿Estas?-me preguntó mi acompañante mientras se colocaba su bolsa en la espalda.

-Si-aseguré ya dispuesta para salir de aquella agobiante aula.

Caminamos en silencio bajando las escaleras y recorriendo los atiborrados pasillos hasta llegar finalmente a la salida, dónde ya nos esperaban todos.

-Hola-saludé sin demasiado entusiasmo.

Los compañeros respondieron a mi saludo con más entusiasmo del que verdaderamente merecía, pues debía admitir que mi actitud rozaba la antipatía.

-¿Qué tal el día?-preguntó David, mi mejor amigo, situándose a mi lado.

-Podría haber ido mejor-murmuré sin demasiado ánimo mientras emprendíamos juntos el paso hacia mi casa segundos después de despedirnos del resto de compañeros.

-Pareces cansada-teorizó examinando con detalle mi serio rostro.

-Lo estoy-aseguré tras haber bufado con cansancio.

-¿No has dormido bien?-interrogó mi compañero, siguiendo con quizá demasiada paciencia mis lentos pasos.

-No mucho-admití, aunque ese solo era uno de los factores que daba lugar a mi actual abatimiento.

Seguimos caminando con tanta pasividad que temí que en cualquier instante David me gritase que avanzásemos con más rapidez, pues el frío se calaba en nuestros cuerpos atravesando con extrema facilidad los gruesos anoraks que llevábamos puestos.

-Últimamente estás un poco decaída-comentó cautelosamente intentando no parecer demasiado indiscreto-¿Tienes problemas de algún tipo?-inquirió claramente preocupado por mi comportamiento tan poco usual.

-No-mencioné sin demasiado convencimiento al contemplar la cercanía a la que se encontraba la puerta que daba paso a mi casa-Solo estoy cansada-volví a asegurar intentando trazar una sonrisa, aunque me fue completamente imposible lograrlo.

-Bueno…-farfulló cuando nos encontramos en la puerta de entrada, la cual abrí con extrema lentitud-Descansa-me pidió sin borrar aquella peculiar y agradable mueca que siempre mantenía adherida a su cara.


-Lo haré-aseguré vacilantemente mientras me despedía con la mano ingresando en aquel corto pasillo que daba paso al ascensor; el cual, por suerte, se encontraba abierto a la espera de mi llegada.

Penetré en aquel claustrofóbico espacio y presioné el botón del tercer piso a la espera de que se cerrasen las puertas y me elevase hasta mi domicilio. Durante unos pocos segundos, deposité mi mirada en el espejo de cuerpo entero situado en el ascensor y resoplé con inconformidad. Estaba realmente horrenda. Mi pelo era una maraña castaña que recorría mi espalda y el nacimiento de mi cintura, mi piel permanecía más pálida de lo normal a causa de mi pequeña depresión, mis gruesos y carnosos labios se hallaban agrietados por el viento y el frío y mi cuerpo se encontraba cubierto por un chándal color caqui muy poco favorecedor.

Al abrirse las compuertas, la oscuridad invadió cada recoveco de aquel estrecho y oscuro pasillo, ahora mínimamente iluminado por la tenue luz proveniente del ascensor, en el que no se localizaba ni una simple ventana.

Arrastré mis pies, cubiertos por las desgastadas deportivas que me había comprado años atrás, hasta la puerta de entrada que daba paso a mi cálida y acogedora vivienda. Rebusqué en mis bolsillos la llave que correspondía al cerrojo y, tras encontrarla, pude ingresar en el recibidor de la casa.

-Hola, pequeños-saludé a mis cariñosos perros, que se arrojaron sobre mí entre aullidos y chillidos poco agradables pero muy afectuosos.

Caminé seguida por mis mascotas hasta la cocina, donde no encontré rastro de vida humana.

-¡¿Hay alguien?!-grité esperando que algún miembro de mi familia respondiese a mi llamada, aunque no fue así.

Molesta, me dirigí hacia el teléfono situado en la entrada y marqué el número perteneciente al móvil de mi madre. Esperé con impaciencia mientras escuchaba aquellos cansinos pitidos hasta que, afortunadamente, mi madre decidió responder.

-¿Diga?-preguntó desde la otra parte del auricular.

-Mama, ¿Dónde estás?-pregunté con enfado en el instante en el que me rugía la barriga. Estaba hambrienta.

-Estoy en el hospital con tu abuelo-respondió con demasiada tranquilidad tratándose de un asunto tan delicado.

-¿Ha pasado algo?-pregunté rápidamente inquieta ante la respuesta de mi madre.

-No, no es nada. Sólo una visita rutinaria-aseguró intentando tranquilizarme.

-¿Seguro?-pregunte aún a sabiendas que me estaba diciendo la verdad, pues mi madre era una de esas personas incapaces de ocultar sus sentimientos, los cuales siempre exteriorizaba incluso quizá con demasiada exaltación.

-Seguro-volvió a asegurar-Tienes la comida en el microondas-comentó consiguiendo que por primera vez en todo el día esbozase una fidedigna sonrisa.

-De acuerdo-comenté con serenidad al cerciorarme de que no debía hacerme yo misma la comida ese día-¿Y Marc y papá?-pregunté observando de nuevo la solitaria casa.

-Se han ido a comer por ahí-confesó-Como siempre tardas tanto en llegar a casa…

-¿Y no podían esperarme unos minutos?-pregunté realmente disgustada por la poca consideración que mi propia familia demostraba poseer.

-No lo sé, supongo que debían tener mucha hambre-comentó intentando justificar la actitud tanto de mi padre cómo de mi hermano pequeño.

-Claro-murmuré con enfado-Voy a comer-dije despidiéndome toscamente.

-Supongo que tardaré-me informó.

-Está bien-mustié instantes antes de colgar el auricular.

Me dirigí nuevamente hacia la cocina y saqué la comida permaneciente en el interior del microondas observando, sin demasiado agrado, el plato de comida precocinada situado ante mí. Resoplé mientras me situaba en mi posición habitual en la mesa y encendía el pequeño televisor ubicado sobre de la encimera.

-Nada interesante…Para variar-farfullé completamente abatida pasando un canal tras otro sin ningún tipo de interés.

Tragué lentamente aquella insípida comida mientras mi mente vagaba sin rumbo alguno. Definitivamente, odiaba mi monótona y rutinaria vida siempre tan simple y maquinal. Me mordí el labio con rabia sabiendo que estaba desperdiciando mi coexistencia. Todas las mañanas me levantaba con pesadez de mi mullida y cálida cama para dirigirme con desaliento al instituto, lugar en el que permanecía cinco días a la semana sin hacer nada más que fingir interés por asignaturas que aborrecía para, más tarde, tras haber perdido siete horas de mi existencia, dirigirme a mi casa, donde normalmente permanecía el resto del día a excepción de algunos fines de semana. Sabía que la mayor parte de los humanos se conformaban con esa vida, con una vida invariable y corriente, pero yo no. Detestaba los estudios y, aunque no era una muchacha mediocre e ignorante, había repetido dos veces en el tiempo que llevaba en el instituto. Sinceramente, era bastante más culta que la mayor parte de mis amigas, las cuales sacaban notas excepcionales, pero no era capaz de sentarme ante un escritorio y permanecer durante horas intentando memorizar las palabras manuscritas en un trozo de papel, lo que condicionaba sin duda alguna mis malas notas. Deseaba abandonarlo todo, marcharme de allí y hacer, por una vez en la vida, lo que verdaderamente deseaba, aunque no realizaba mis planes por miedo a romper el corazón de mis padres, los cuales insistían en mi educación y la falta que hacía que me sacase una carrera para poder conseguir un buen empleo en el futuro, cosa que a mí, por el momento, poco me importaba.


Última edición por bosque_prohibido el Sáb Ene 10, 2009 1:48 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: *~*~*LUZ DE LUNA*~*~* (HOT/VIOLENCIA/AMOR/PASIÓN/ACCIÓN...)   Sáb Ene 10, 2009 1:46 am

En ese momento, sonó aquel pitido insistente procedente del teléfono que logró sacarme de mi ensimismamiento. Me levanté perezosamente de la silla y me dirigí hacia la entrada para descolgar el auricular, del cual emergió una conocida voz.

-¿Lidia?-preguntó aquella voz perteneciente a mi antiguo jefe, para el cual había trabajado durante parte del verano.

-Si-respondí intrigada, ya que nunca antes me había llamado por teléfono.

-Hola-saludó con cortesía-Quería saber si podrías trabajar en la tienda durante las navidades. Sólo se trataría de unos pocos días.

-Bueno…supongo que sí. No tenía nada previsto-revelé sin demasiado entusiasmo, pues la experiencia referente al empleo no había sido en absoluto de mi agrado, aunque un poco de dinero no iría mal para mis futuros planes.

-Excelente-expuso con gratitud-Pásate mañana por la tienda y elaboraremos las horas y los días de trabajo, ¿De acuerdo?

-Entendido-respondí-Mañana me paso-aseguré despidiéndome de José.

Colgué nuevamente el auricular y me dirigí hacia la cocina para recoger el plato y apagar el televisor. Seguidamente, me dirigí hacia mi habitación para intentar dormir, pues mis parpados pesaban tanto que me asombraba el hecho de no haberme quedado traspuesta mientras avanzaba hacia mi cuarto. Abrí la puerta de madera que daba paso a aquella pequeña pero acogedora estancia y me tumbé pesadamente encima de la cama, cubierta por un cálido y grueso edredón de plumas. Sonreí al escuchar las gráciles pisadas provenientes del pasillo que ejercían mis mascotas, las cuales penetraron en el cuarto y se tumbaron cada una en sus respectivos lechos. No tardé en dormirme, como siempre, y, cuando desperté, no recordaba nada de lo que había soñado, también como siempre. Mi memoria era muy reducida. Tanto, que ni siquiera recordaba lo que había comido ese mismo mediodía. Intenté desperezarme frotando insistentemente mis ojos mientras bostezaba para, seguidamente, estirar todo mi cuerpo mientras rezongaba todavía adormilada. Contemplé el reloj digital situado en la mesita, era mucho más tarde de lo que habría llegado a imaginar. La habitación se mantenía sumida en la total oscuridad de la noche y tan solo las luces provenientes de las farolas que alumbraban las calles, las cuales proferían tenues destellos, lograban iluminar mínimamente la estancia.

-¿Mamá?-pregunté con voz ronca sentándome en el borde de la cama, la cual se encontraba pegada a la pared en la cual permanecía un gran ventanal de cristales dobles-¿Papá?-volví a preguntar esta vez poniéndome en pie al no recibir respuesta alguna por parte de mis progenitores.

Caminé arrastrando los pies a lo largo de la oscuridad completamente perpleja, ¿Cómo era posible que todavía no hubiesen vuelto? Apoyé la mano en la jamba de la puerta y asomé la cabeza a través del marco de ésta. Pude discernir al final del alargado pasillo una luz proveniente del salón y bostecé nuevamente, tranquila al asegurarme de que ya no permanecía sola en la casa. Inspiré mientras me quitaba el anorak que todavía llevaba puesto, la camiseta que se encontraba bajo él, las converse rojas que llevaba puestas, los calcetines y los vaqueros gastados para, seguidamente, cubrir mi semidesnudo cuerpo con el infantil pijama rosa que tanto me gustaba. Volví a tenderme encima de aquel mullido lecho sin poder volver a reprimir un bostezo. No entendía como era posible que, tras haber dormido durante tantas horas, siguiese tuviendo sueño. Era totalmente incorregible. Cubrí mi cuerpo con la colcha, apoyé mi cabeza en la almohada y dejé vagar nuevamente mi mente a un mundo de fantasía, totalmente paralelo a aquel en el que vivía. Afortunadamente, al día siguiente no debería ir al instituto, pues por fin era sábado.

Desperté ante los gritos de mi madre, como la mayor parte de las mañanas en las que podía quedarme en la cama hasta tarde. Completamente irritada, cubrí mi rostro con el cubrecama e intenté volver a conciliar el sueño, aunque me fue totalmente imposible, pues los gritos cada vez aumentaban más en volumen.

-¡Lidia, levántate ya!-gritó consiguiendo que aquel desagradable chillido se incrustase en mi cabeza provocando un agudo pinchazo-¡Tienes que pasear al perro!-me ordenó consiguiendo que suspirase con amargura mientras me desprendía del edredón.

Escuché los ladridos de mi perro, el cual esperaba con impaciencia que le llevase de paseo, y me levanté totalmente adormilada.

-¡Lidia!

-¡Ya voy!-grité con fastidio mientras me dirigía hacia el armario para coger el chándal negro que me pondría ese día.

Me vestí con rapidez y me encaminé hacia el cuarto de baño, dónde me lavé los dientes y la cara y me recogí mi enredado pelo en una coleta antes de recorrer el pasillo para dirigirme hacia el recibidor seguida por mi perro, el cual estaba a mi cago. La otra mascota pertenecía a mi hermana mayor y, por tanto, no era mi responsabilidad pasearla.

Cogí la correa mientras los ladridos taladraban mi cabeza y agarré las llaves antes de salir por la puerta de la entrada seguida por el caniche que años atrás me había regalado mi abuelo paterno, con el cual ya no mantenía ningún tipo de relación.

Cuando llegué a la calle, sentí el frío viento atizar mi rostro y me estremecí. Era un día tremendamente frío y no iba suficientemente tapada.

-Debo coger una chaqueta-me recordé a mi misma.

Paseé durante varios minutos antes de volver a casa, lugar en el cual me esperaba mi madre, que no parecía haberse levantado de muy buen humor.

-Ve a recoger tu cuarto-ordenó segundos después de adentrarme en el vestíbulo.

-Buenos días-murmuré malhumorada.

-Ya me has oído-volvió a mandar cruzándose de brazos cual niña malcriada.

-Ahora no puedo. José me llamó ayer ofreciéndome trabajo-anuncié observando la cara de mi enojada madre-Debo pasarme por la tienda lo antes posible.

-Me da igual. Primero te recoges tu cuarto y después vas donde quieras-dictaminó haciendo caso omiso a mis palabras.

Refunfuñé con rabia dirigiéndome hacia mi habitación. La verdad es que estaba bastante desordenada, pero no era culpa mía haber heredado la vaguedad de mi tía, la cual era tan o incluso más desordenada que yo. Tras casi tres cuartos de hora en los que organicé, limpié, barrí y fregué mi dormitorio, me encaminé hacia el centro del pueblo, en el cual permanecía el establecimiento en el que anteriormente había trabajado.

-Buenos días-me saludó una de mis antiguas compañeras de trabajo al ingresar en el local-¿Cómo estas?

-Muy bien, gracias-respondí amablemente-¿Y tú cómo estás, Mar?

-Bueno, un poco atareada-confesó con sinceridad-Estamos hasta arriba de trabajo.

-Ya veo…-murmuré examinando la estancia repleta de gente.

-Creí que no llegarías nunca-comentó José apareciendo tras la puerta que se hallaba a mi derecha.

-Lo siento-me disculpé-No he podido venir antes-murmuré recordando la terquedad de mi madre.

-No te preocupes. Sígueme-indicó José ingresando en el despacho tras cruzar la misma puerta por la que instantes antes había aparecido.

Tras varios minutos de parloteo en los que aclaramos mi horario de trabajo, me despedí de cada una de mis compañeras y me dirigí nuevamente hacia mi casa. Permanecía tan ausente cómo de costumbre y, tras estar a punto de ser atropellada tres veces y haber colisionado tanto con parte de los transeúntes que recorrían las calles cómo con los objetos que las abarrotaban, choqué de pleno con un individuo, el cual se apareció ante mí con tanta rapidez y me sacudió con tal ferocidad que perdí el poco equilibrio que conservaba cayendo, así, de pleno en medio de la estrecha carretera. Un agudo chirrido taladró mis tímpanos y mis ojos observaron con pavor la cercanía de aquella furgoneta blanca que se abalanzaba ante mí. Cerré con fuerza los parpados sin ser capaz de mover ni un simple músculo de mi agarrotado cuerpo y permanecí en ese estado hasta que percibí como algo aferraba con fuerza mi brazo y me alzaba con gran agilidad depositándome de nuevo en la acera instantes antes de que aquella camioneta lograse aplastar mi tembloroso cuerpo. Lentamente, entreabrí los ojos observando completamente perturbada a todas las personas que permanecían contemplándome con espanto. Al advertir la presión que una mano ejercía en mi brazo derecho, ladeé el rostro y avisté ante mí, a muy pocos centímetros de mis propios ojos, unos hermosos iris áureos que me examinaban exhaustivamente consiguiendo abrumarme por completo. Temblaba escandalosamente tanto por el pánico que todavía sentía, cómo por la adrenalina que en ese instante recorría mi organismo.

-¿Estás bien?-preguntó el muchacho aparentemente angustiado.

-Si. Creo que si-respondí con voz quebrada cogiendo insistentemente aire.

Permanecíamos tan cerca que pude analizar con total detalle cada rasgo de su fina y tersa piel libre de imperfecciones. Contemplé sus grandes ojos dorados, completamente impresionada por el brillo que éstos emanaban. Examiné con asombro su fina y perfilada nariz, sus finos labios fruncidos, su pelo dorado y resplandeciente y, finalmente, volví a orientar mi vista hacia aquellos deslumbrantes ojos que tanto me inquietaban.

-Deberías mirar por dónde vas-me reprendió alejándose de mí.

Me dedicó una mirada cargada de irritación y no pude evitar descontrolarme abandonando, de esa manera, mi habitual cordialidad.

-¿Que yo mire por dónde voy?-pregunté totalmente molesta-Si no fuese porque has aparecido de la nada sin siquiera dignarte a observar si había alguien en tu camino y me has empujado, no hubiese estado a punto de ser atropellada-me quejé totalmente alterada por el tono de voz con el que aquel chico me había ofrendado.

El muchacho pareció divertirse por la agresiva postura que había adoptado y eso crispo todavía más, si es que era posible, mis nervios.

Durante varios segundos permanecimos examinándonos mutuamente. Mis ojos entrecerrados fulminaron a aquel chico de belleza sublime mientras intentaba no perder la cordura ante él, el cual mantenía aferrada a su rostro una sonrisa burlona que logró sulfurarme.

-Al menos podrías fingir arrepentimiento, ¿No crees?-mustié mientras me cruzaba de brazos adoptando una postura altiva.

-¿Arrepentimiento?-comentó el chico alargando más aquella exasperante sonrisa-No veo razón por la cual deba arrepentirme-aseguró quitándole importancia al asunto.

-Tienes razón. No creo que el hecho de haber estado a punto de ser aplastada por una camioneta exclusivamente por tu culpa sea razón suficientemente significativa por la cual debas mostrar ninguna clase de arrepentimiento o remordimiento-farfullé irónicamente completamente molesta para, seguidamente, fruncir los labios con enfado mostrando mi total inconformidad ante la actitud arrogante del joven.

-El caso es que he conseguido apartarte justo a tiempo-cercioró el chico mostrando entre sus finos labios unos perfectos y alineados dientes blanquecinos que durante unos instantes lograron captar mi absoluta atención.

-Eso no justifica el hecho de que anteriormente me hubieses empujado-murmuré tercamente clavando mis uñas en la gruesa chaqueta blanca que llevaba puesta.

El muchacho bufó mientras rodaba los ojos y emprendió el paso, ante mi confusa mirada, desfilando por mi lado con paso distinguido y airoso, lo cual logró enfurecerme.

-Estúpido arrogante…-mustié en un arrebato de ira sin moverme del lugar en el que me hallaba.

Mi mente rememoraba con lentitud lo que instantes antes había vivido y no pude evitar fruncir la frente y morderme el labio con fuerza al recordar la serena sonrisa que aquel insufrible individuo había mantenido pegada a su rostro.

-Por cierto, me llamo Hugo-susurró una voz junto a mi oído consiguiendo estremecer cada fragmento que formaba mi cuerpo-Encantado de conocerte-esa vez habló tan cerca que sus labios rozaron sutilmente la piel desnuda que recubría mi cuello a la vez que aquel cálido aliento lograba erizar el vello de mi nuca.

Entreabrí los labios para hablar pero volví a cerrarlos con rapidez sin saber exactamente la causa por la cual las palabras no lograban surgir de mi garganta. Intenté ladear el rostro para poder observar la proximidad del chico, pero mi cuerpo permanecía completamente paralizado.

-Nos vemos-susurró rozando con sus suaves labios el lóbulo de mi oreja derecha consiguiendo que mi cuerpo empezase a temblar, nuevamente, ante aquel leve contacto.

Pocos segundos mas tarde, recobré la compostura y volteé mi cuerpo con rapidez analizando con mis sobresaltados ojos cada recodo de la calle en la que permanecía ubicada. Entreabrí inconscientemente los labios sin dejar de examinar a cada uno de los transeúntes que recorrían las calles de aquel pequeño pueblo. Había desaparecido.



--> PERSONAJES PRINCIPALES DE ÉSTA HISTORIA:





HUGO Y LIDIA




AILEEN



ALCANDER



PYRENA



LYKAIOS



THERA



REGINA



YANELI



ALEXANDER



ANDREW Y CORDELIA



XYLON



THERON



NAIDA
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MensajeTema: Re: *~*~*LUZ DE LUNA*~*~* (HOT/VIOLENCIA/AMOR/PASIÓN/ACCIÓN...)   Sáb Ene 10, 2009 1:50 am

CAPÍTULO 2: SUPUESTAS CONEXIONES


Los días pasaron como de costumbre, tremendamente aburridos. Dos semanas antes lo habría dejado todo, absolutamente todo, por conseguir todo aquello que siempre había anhelado, pero ahora, tras haber contemplado con mis propios ojos a aquel chico que pocas semanas antes había estado a punto de provocar mi inmediata muerte, todo había cambiado, y no precisamente para bien. Permanecía gran parte del día completamente alelada vagando entre mis pensamientos. Debía confesar que me estaba tornando demasiado antisocial, pero simplemente no me apetecía salir ni ver a nadie que pudiese advertir la nueva faceta que mostraba mi ruborizado rostro cada vez que recordaba a aquel misterioso muchacho, lo cual hacía la mayor parte del día. Estaba descuidando demasiado mis estudios, aunque eso no era lo que más me preocupaba. Mis amigos, los cuales mostraban quizá excesiva paciencia conmigo, empezaban a divagar entre ellos las posibles causas de la actual desatención que mostraba hacia todo aquello que me rodeaba y, durante el poco tiempo que permanecía junto a ellos, atosigantes preguntas equipaban mi aturdida cabeza. No soportaba afincarme a menos de un metro de ningún ser viviente a excepción de mis adorados perros, los cuales no me agobiaban mediante interrogatorios que realmente no me atañían.

Me sentía extraña. No sabía que era lo que me ocurría. Era completamente incapaz de lograr borrar de mi memoria los dorados ojos que me habían escrutado días atrás. No podía hacer desaparecer ni por un breve instante aquel fugaz recuerdo que tanto me eclipsaba.

¿Qué me ocurría? Sinceramente, no lo sabía; y debía admitir que era realmente molesto. No estaba acostumbrada a sentirme tan desconcertada.

-¡Lidia!-gritó una familiar voz preveniente de la cocina-¡Vas a llegar tarde!-advirtió entre chillidos mi madre, la cual desde primera hora de la mañana se mantenía excesivamente hiperactiva.

Me miré por última vez en el espejo sabiendo a ciencia cierta que no había nada que hacer con aquel dichoso pelo que muy a mi pesar me pertenecía y, resoplando profundamente, salí del cuarto de baño.

-¡Lidia!-vociferó una vez más logrando alterar mis nervios.

-¡Ya voy!-aseguré en un tono de voz quizá demasiado irritado.

-¡Date prisa!

Bufé con disconformidad mientras colocaba los libros que ese mismo día debería usar en la colorida mochila que poco después situé en mi espalda. No tenía ganas de ir aquella mañana al instituto, aunque debía admitir que en lo que llevaba de curso muy pocas veces se había alzado por la madrugada deseando acudir a aquel centro que muy poco le aportaba.

-Marc, vamos-llamé abriendo la puerta respectiva al cuarto de mi hermano.

-Largo-dijo rápidamente cerrándome la puerta en mis narices.

Murmuré por lo bajo palabras sin significado alguno mientras me dirigía hacia el recibidor. A sus dieciséis años, mi hermano pequeño pasaba por la famosa edad del pavo, aunque se suponía que debería haberla pasado años atrás. Estaba completamente insufrible.

-Mamá, me voy-anuncié abriendo la puerta que daba al pasillo en el que se ubicaba el ascensor, el cual permanecía abierto justo en el piso en el que yo me hallaba.

-Espera a tu hermano-ordenó segundos antes de que pudiese desaparecer tras el portón.

-Tengo prisa-aseguré totalmente alterada-No pienso esperarle más. Siempre llego tarde por su culpa-rumié instantes antes de desaparecer ante los irascibles ojos de mi madre.

El recorrido hacia el instituto fue corto, pues vivía a tan sólo cinco minutos del centro y, a causa de mi rápida caminata, llegué en tan sólo tres. Penetré en el lugar y me dirigí apresuradamente hacia la aula C-02, dónde tenía clase de Ciencias de la Tierra, asignatura que poco me agradaba. Bueno, para ser sincera, lo que no me gustaba de aquella materia era el profesor que la impartía.

Golpeé suavemente con mis nudillos la puerta perteneciente a la sala, de la que emergió la grabe voz correspondiente al maestro.

-Pasa-mandó cansinamente sabiendo a la perfección quien era la persona que se encontraba tras la sólida abertura.

-Hola-saludé en el instante en el que ingresé en la pequeña aula en la que se atinaban tan sólo cuatro alumnos, pues se trataba de una asignatura optativa.

-Toma asiento-pidió inspeccionando mi aspecto salvaje y poco cuidado.

La verdad es que no dedicaba demasiado tiempo a mi aspecto. Mi pelo era una maraña completamente indomable incapaz de ser arreglada, mi rostro era quizá demasiado pálido, aunque en verano mi piel se bronceaba con rapidez, y mi forma de vestir era más bien descuidada. Por todo ello, daba la impresión de ser una joven extremadamente dejada.

Las primeras clases pasaron con rapidez a mi parecer, ya que permanecía totalmente ausente a lo que se realizaba a mí alrededor. Cuando observaba con mis aturdidos ojos a mis compañeros sacar un papel, lo hacía; cuando contemplaba que pasaban la página de sus respectivos libros, les imitaba; o cuando alguno de ellos alzaba la mano para hablar, dirigía mi vista hacia él como si estuviese realmente interesada en lo que seguidamente iba a comentar, aunque la verdad es que poco me atañía todo aquello que me rondaba.

-Sabes que puedes contarme lo que quieras, ¿Verdad?-preguntó David en el instante en el que nos dirigíamos hacia el bar.

-Lo sé-respondí maquinalmente siguiendo el lento paso que efectuaba mi preocupado compañero.

-Últimamente estás muy rara-murmuró sin querer parecer demasiado cansino cosa que, para mí, jamás era.

-No te preocupes. Sólo estoy un poco ida, pero no me pasa nada-aseguré esbozando una sutil sonrisa.

Pude contemplar la mueca que mi amigo había formado en su amigable rostro. Estaba claro que no creía ni una de mis palabras.

-Hazme caso-le pedí en un susurro antes de ingresar en la atiborrada sala en la que se hallaba el resto de mis amigos-Estoy bien-finalicé intentando parecer verosímil.

-De acuerdo-comentó tras efectuar un débil suspiro.

Sin intercambiar ni una palabra más, me dirigí a solas hacia la barra saturada de alumnos, en su mayoría de cursos inferiores. Los pequeños chiquillos se colaban entre los huecos libres que los alumnos de mayor edad dejaban a la vista mientras que los antecesores de último curso, entre los que me incluía, utilizábamos nuestra autoridad para lograr alcanzar la alargada encimera antes de que se consumasen todos los bocadillos.

Desgraciadamente, cuando logré atisbar la pizarra en la que se hallaban inscritos cada uno de los panecillos que todavía quedaban a la venta, ésta permanecía ya totalmente tachada. Bufé profundamente al contemplar que si no me espabilaba me quedaría finalmente sin un almuerzo digno de ser llamado como tal.

-Perdona-pedí adelantando a una chiquilla de primero que me contempló con ojos brillantes al percatarse de que era una de las privilegiadas.

-¿Qué tal vas?-preguntó burlonamente uno de mis compañeros de clase situado junto a mí.

-Genial-respondí irónicamente completamente impaciente mientras alzaba la ceja derecha-Esto es horrible-comenté intentando captar la atención de dependientes que se atisbaban tras la amplia barra de madera.

-Y que lo digas…-murmuró en el momento en el que avanzaba entre la muchedumbre ante mi exasperada mirada.

Orienté mi vista entre los presentes con la esperanza de que algún conocido se situase en primera fila, pero nada. No era mi día de suerte. Fue en ese preciso instante cuando me percaté de que alguien me ojeaba desde el otro extremo del bar, en el que a penas se ubicaban los alumnos, pues era el lugar más frío de la estancia debido a que en esa zona se mantenía situada la puerta, por la que penetraba el gélido viento matinal.

Permanecía en una posición sosegada a la vez que me escrutaba con sus impresionantes ojos verde esmeralda. La pose en la que se mantenía reclinado sobre la pared le otorgaba una mocedad superior a la que realmente debía ostentar. Si no hubiese sido por la postura en la que se hallaba instalado, le hubiese conferido una edad media entre trece o catorce años. Mantenía su amigable vista posada fijamente en mí, lo que originó mi rápido y exagerado rubor, cosa que sin duda percibió, pues esbozó una afable sonrisa en su blanquecino rostro en el preciso instante en el que el calor que recorría mi cuerpo comenzaba a sofocarme de forma insólita.

No comprendía cual era la causa no apartaba la vista de mí, ya que no era una de esas chicas en las que solían fijarse los hombres. Al menos no los chicos tan guapos como el que en ese preciso momento me analizaba a algunos metros de distancia. Completamente turbada, desvié por una fracción de segundo mi vacilante vista de aquel extraño joven y, cuando volví a fijarla en el punto exacto en el que se había mantenido ubicado, descubrí que ya no se hallaba allí. Paseé mis ojos alrededor de la estancia pero no logré atinarle. Como días antes había ocurrido con aquel muchacho de intensos ojos color oro, el joven moreno había desaparecido con una rapidez incalculable.

-Me estoy volviendo loca-me murmuré a mí misma intentando topar nuevamente a aquel muchacho para cerciorarme de que lo que acababa de comentar no era del todo cierto.

-Lidia, ¿Y el almuerzo?-preguntó una familiar voz junto a mi logrando que brincase levemente por el repentino sobresalto al que había estado expuesta.

-¿Qué?-pregunté saliendo del ensimismamiento en el que había subsistido los últimos minutos.

-El almuerzo-repitió Vicente, el cual mantenía el ceño fruncido a la espera de que le respondiese.

-Ah-mustié percatándome de que tenía vía libre, pues la gran mayoría del gentío ya había obtenido su propia comida.

Me pregunté interiormente cuando rato hacía que permanecía en aquel estado de hipnosis a la vez que entreabría los labios para contestar a mi impaciente compañero, el cual me examinaba con cierto deje de molestia.

Sabía que no era una mujer excesivamente agraciada y, por esta misma razón, no entendía cual era la causa por la cual mi actual acompañante permanecía encaprichado por alguien como yo. Era evidente que experimentaba un sentimiento más fuerte por mí que el de una simple camaradería; lo que, desgraciadamente para él, no era recíproco. Era sabedora que desde hacía tres años había permanecido, en cierta manera, obsesionado conmigo, aunque yo no podía ofrecerle nada más que una sencilla y sincera amistad, cosa que todavía a día de hoy él no era capaz de entender.

-No tengo hambre-respondí finalmente alzando levemente los hombros ante la atenta mirada que Vicente me dirigía.

El resto del día escolar pasó con más lentitud de la esperada. Ahora conservaba en mi mente dos hombres que lograban alterar mi turbada mente. Percibía que había algún tipo de conexión entre ellos, aunque, siendo sincera, era totalmente descabellado suponer algo por el estilo, pues no disponía de la suficiente información posible para alcanzar tal terminación.
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